Nunca olvidaré el daño que me hiciste, pagarás porque te reíste al oír mis llantos que sonaban por la calle. Tu amor es una puerta y tengo que encontrar la llave. Hubo noches en las que me encontraba en vela pensando donde estarás o si te estás hablando con ella. Aún te espero, no lo olvides, tenlo presente, pasará el tiempo y me habrás sacado de tu mente. Intento comprender que fue lo que hice mal, miraré tu foto e intentaré no llorar más. Aún te espero. Mi recuerdo no te olvida tan fácilmente, caigo en llanto y te busco entre la gente. Si me ves no tienes ni el valor de hablarme, ni tan siquiera te has molestado en esperarme.
La gente mira lo que quiere ver, y no le interesa si es real o no. Se queda con su mirada, con su prejuicio. Si te ven como una histérica, van a tratarte como una histérica, aunque en realidad tal vez estés confundida. La mirada de los otros puede ser muy cruel a veces, y muy ciega. La mirada de los demás es todo, y los otros no te ven a vos, ven lo que piensan de vos. La mirada de los otros tiene sonido, voces, susurros; no se puede escapar a lo que ven de nosotros. Todo se trata de cómo nos ven, y como vemos a los demás. Quedamos atrapados en esa mirada, inmóviles, fijados en lo que creemos que vemos, confiando más en nuestro prejuicio que en nuestros ojos. Dicen que “la primera impresión es la que cuenta”, pero también que “lo esencial es invisible a los ojos”… ¿Cuando me van a sacar esos ojos de encima, y van a ver lo que realmente soy?